La palanca…

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En par de años trabajando como representante del sector privado frente a la entidad reguladora pública (el pleito del huevo y la piedra), he tomado notas de un fenómeno que, a grandes rasgos, se repite en muchos procesos del día a día de las instituciones públicas. Me atreveré a bautizarlo como “la palanca”.

La palanca no es más que esa persona, o grupo de personas, destinada a recibir en su despacho las inquietudes de los solicitantes y, en la mayoría de los casos, a darle un “empujoncito” al trámite en cuestión. Genial, ¿no? Pues no. Me parece una contradicción y una falta de respeto al usuario.

Según la lógica, el sentido común, el 2+2 = 4, o como usted prefiera llamarle, si un proceso surge de un reglamento, tiene sus pasos establecidos y se aplica correctamente, el trámite debe agotar cada etapa y seguir su curso natural en el tiempo que establece las normas por las que se rige. En este sentido, la palanca viene a ocupar el rol de la trampa que crean los mismos que crearon la regla.

Pero el problema no es que exista tal excepción (la vida está llena de estas). El problema es que la palanca se está convirtiendo en norma general para los usuarios, a tal grado que si no haces uso de la misma, tu proceso se estanca. Entonces, ¿de qué sirve tener lineamientos establecidos si a fin de cuentas no son eficaces?

Permitir que la palanca exista y sea la herramienta favorita de muchos es anular la posibilidad de que el sistema funcione correctamente. Lo que en principio es una insignificante fuga se convierte en un enorme hueco que atrapa a todos con su magnetismo y que, por ende, terminará colapsando también. 

Los reglamentos y los procedimientos están escritos. Y muy bien escritos. Llevar a la práctica lo que está en papel resultaría en procesos limpios, dinámicos y que benefician tanto al sector público como al sector privado. Estos cuellos de botella y palancas no hacen más que enturbiar el sistema y llevar a la búsqueda de atajos que corroen los engranajes de las diversas instituciones. Y al final, ambos tenemos un fin común: el beneficio de la población.

 

Crónica de un blog que se actualiza mensualmente…

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Como consecuencia del constante bombardeo de información que sufrimos los adictos a las redes sociales, mis neuronas no dejan de saltar y mis dedos arden. Pero es tal el choque de ideas, que a la hora de sentarme no sale nada. Crónica de un blog que se actualiza mensualmente.

De mi experimento social (estudiar cine en la UASD) no tengo mucho que decir. Este semestre es aburrido, con tres materias básicas que dejan en evidencia la gran deficiencia de los estudiantes dominicanos en todas las áreas del conocimiento. Lo importante sigue siendo pasar, salir de eso, quedar bien con el profesor y hacer creer que se conoce el tema. Supongo que eso mismo harán cuando les corresponda ejercer sus diferentes profesiones: un lindo traje, un buen maquillaje y el cerebro vacío.

Pantalla, circo, alfombras, luces… eso es lo que vende y lo que mueve al mundo. No hay que pensar, basta con posar. No es necesario que analices tú mismo y compartas tus propias conclusiones. Presenta todo bonito y repite palabras desconocidas de las que nunca conocerás el significado. Ya todo el sabor viene en un sobrecito, ¿para qué pasar por la afanosa tarea de buscar hierbas en el mercado y tomar el pilón?

Repeat after me: Be part of the circus… or die.

 

Hoy…

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En días como este, el mundo me parece tan lejano como falso. Su concreto y su humo, su ruido y su prisa, destruyen lo salvaje que hay en mí. La rutina se mezcla con el oxígeno y corre por mis venas intoxicándome lentamente. Es el tiempo que no alcanza, los papeles que no acaban, las firmas estampadas para servir y cumplir.

Abrir los ojos sin querer abrirlos, sentir el sol tan cansado como yo. ¿Qué estoy haciendo? No tiene sentido si miro al cielo y siento que no es más que esa tapa azul que corona esta enorme jaula. Presa de esta vida que nos vende una libertad que nunca ha existido… que nos invita a soñar para fusilarnos en el intento, que nos invita a volar mientras nos cortan las alas.

Quiero ser… quiero sentir… lejos de aquí. Pero dudo si algún lugar es verdaderamente lejos. Si es ilusión o si es real cuando siento que finalmente desconecto. Así sin más, me lo pregunto de repente, entre la necesidad de escapar y el temor de fracasar.

Con ese frío en el estómago antes de saltar…

Un par de meses…

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Y un par de días, es todo el tiempo que ha pasado. Entre tanto que he vivido, pensé que había pasado más, pero así es el tiempo de embaucador.

Regreso sin un tema, como de costumbre. A veces cuando pongo un título me siento atada a él, entonces las ideas se esfuman como fieles amantes de la libertad que son. Pero la idea es regresar, retomar el hábito de dejar que mis dedos caminen por mí y puedan crear magia a través de las palabras. Quizá despejar un poco la mente, plasmando acá unos cuantos pensamientos que se agrupan con otros y congestionan mi mente. 

He entendido que, como buena hija del aire, pensar compulsivamente es tan mío como el código genético. Saltar de una fuente a otra, sedienta de nuevos saberes, es mi virtud más pecaminosa. No creo en pecados, pero es bonita la palabra. 

Iba a hablar de febrero, sus chichiguas, sus disfraces, el sol de cuaresma, las habichuelas con dulce de la infancia, la cuenta regresiva a mis vacaciones en La Vacama, las calles polvorientas bajo la rueda de las bicicletas. Iba a hablar del labial rojo que me permitían una vez al año, de la marcha en la mañana queriendo ser la abanderada, de las largas horas de ensayo por diez minutos sobre el escenario. 

Iba a hablar de postales que merecen permanecer tal y como son. Imágenes atrapadas en el tiempo… como insecto en ámbar. 

Iba a hablar de ello, pero creo que ya lo hice.

Derechos y reflexiones…

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Hoy todos hablan de los Derechos Humanos. Yo empezaré por ahí y terminaré quién sabe dónde.

La diversidad es lo que nos caracteriza como terrícolas. Como dicen por ahí, para que el mundo sea mundo tiene que haber de todo. Pero, ¿por qué predomina el irrespeto, la lucha de poder y la sed de dominación? Ya me dirán que es parte de la naturaleza humana. Yo, mientras tanto, sigo en mi nube de ingenuidad sin comprender como funciona el hombre.

Antes de celebrar la existencia de unos derechos humanos, me pregunto: ¿por qué tienen que declararse unos derechos que por sentido común deberían pertenecernos? ¿Por qué luchar por lo que naturalmente nos corresponde?

No voy a pisar el delicado terreno de la filosofía; hablo desde mis propias convicciones y conclusiones, de lo que siento y pienso como ser humano (casi alien) que habita en este planeta, de lo que veo y cala en mí porque considero que así como he tenido educación, alimentos, salud, libertad de expresión y de religión, los demás deben gozar de lo mismo.

¿O hablo desde el punto de vista de una persona en cierta forma privilegiada?

Entiendo que muchos otros no pensarán como yo. El problema es que siento que son demasiados aquellos a los que les importa un comino el bienestar de sus iguales. ¿O es que el poder suprime nuestra capacidad de sentir?

¿O es que no los consideran “sus iguales”?

Ayer mientras veía Schindler’s List no podía dejar de preguntarme por qué Auschwitz tuvo que existir. ¿Qué clase de ser humano es capaz de llegar a esos extremos? ¿Uno igual que yo?

En la delgada línea que separa el irrespeto de la violación de un derecho bailamos a ciegas, a merced de aquellos que mueven los hilos del destino, porque el poder es escaso y se reparte entre unos pocos… Pero apelaré a mi lado idealista, esperando que un día aquellos que deciden cómo mover las fichas de este enorme tablero de ajedrez sientan antes de pensar.

Teoría…

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Tengo un serio problema con la teoría.

Por eso me gustaban/gustan las materias prácticas, elegí una carrera con más laboratorio que teoría, mis juegos favoritos eran… prácticos. Es que siempre he pensando que la teoría se queda en… eso. En teoría.

Sí, necesitamos una base teórica para muchas cosas, de hecho a (casi) toda parte práctica le precede un marco teórico. Pero el verdadero aprendizaje se da en el campo, ensuciándose las manos, experimentando, sintiendo, intentando y fallando… la vida no viene con un manual. Cierto que los libros nos brindan todo el conocimiento del mundo, nos abren infinitas puertas, nos transportan a otras dimensiones, pero… ¿de qué sirve hacerlo si no vas a vivir y aplicar?

Como bien dijo la doc: “La vida es mucho más que un libro. Palabras de una lectora empedernida“.

¿Dónde están los restos de Colón?

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No sé, no me interesa. Colón no nos hizo ningún favor, ¿por qué pelearnos por sus restos?

Lo que me preocupa en estos días es salir a la calle con el lado paranoico activado porque no sabes en qué momento un pendejo venga a quitarte lo que te pertenece y, de paso, agredirte. Y me llega a la mente los pasos que escribí aquella vez que me arrancaron la cartera en la puerta de mi casa. Ojalá todos los casos se limitaran a ese, pero ahora no se conforman con robar, también se creen con derecho de herir o matar.

Nunca completé el post, pero mantiene la esencia de nuestra realidad.

Pasos…