El pobre chivo…

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Después de ver esto, me asaltaron unas cuántas preguntas sobre el pobre chivo. ¿Quién era? ¿De dónde venía? ¿Por qué le había pasado esto? Probablemente nunca tenga las respuestas, pero es una buena excusa para construir la historia que nunca sucedió.

***
Llegó el chivo a la ciudad por recomendación de un primo. En realidad, su sueño era llegar a la capital, pero tanto le asustaron las historias de la gran urbe, que optó por hacer caso a su ameno pariente, que tenía unos cuantos años “picoteando” en Santiago. Nunca supo a ciencia cierta a qué se dedicaba, era mejor no investigar.

Los primeros días fueron caóticos… la realidad de los monstruos gigantes que cruzaban las calles a velocidad vertiginosa y de las criaturas bípedas que parecían dominar ese territorio, era mucho peor que lo que le habían contado. Si bien había visto humanos de vez en cuando en la loma, verlos en grandes cantidades no era algo para lo que estuviese preparado. Todo era humo, ruido, cemento, colores opacados por el descuido y la prisa de los habitantes de aquel imperio de concreto y plástico.  Los parques de la ciudad brillaban por la ausencia del verde y el exceso de basura. El cielo se cubría de nubes que dejaban caer mezquinamente gotas que en vez de refrescar, alimentaban el calor de aquel infierno.

Cuánta falta le hacía su loma, aun en los peores días de sequía, cuando el verdor se convertía en la dura realidad de la tierra amarilla. ¿Qué estarían haciendo sus hermanos? ¿Qué estaría haciendo su vieja?

Eso e noimai, primo“, escuchaba siempre que cometía el error de encontrarse con su primo para combatir la nostalgia.

Él le pasaba una tapita con un líquido cristalino que le quemaba por dentro, mientras le explicaba que era la bebida favorita de los humanos, que después de par de tragos terminaban saltando, bailando, riendo como locos… aunque después el efecto cambiaba drásticamente y algunos pasaban de la risa a la ira, golpeando y destruyendo todo a su paso, mientras que otros simplemente se sentaban en una esquina y lloraban como niños.

Sin saber cómo ni cuándo, el chivo se había adaptado al caos que una vez criticó con tanto ahínco. Ya no pensaba en la loma, ni en regresar allí. Si bien le hacía falta el calor de su familia, no podía imaginarse en el ritmo lento de la vida del campo.  Le estaba yendo bien, de eso no cabía dudas. Después de dar muchas vueltas y pasar mucho trabajo, se llevó de consejos y montó un negocio rentable.

Ello hay tre’ negocio’ que nunca quiebran, primo: un salón, una cabaña y una funeraria”.

Dado que no sabía nada de peluquería, ni bregar con muertos era lo suyo, el chivo decidió poner una cabaña en las afueras de la ciudad. Era un negocio rentable, no tenía que lidiar mucho con los humanos y de paso podía vivir relativamente tranquilo. Cada mes mandaba los chelitos para la vieja y los hermanos, mientras mantenía la promesa de traerlos algún día para que conocieran su hermoso hotel. Claro, su vieja no podía saber de dónde sacaba los chelitos. Era una mujer muy seria y nunca le perdonaría que se dedicase a semejante vagabundería.

El chivo se dejó de pendejadas y se puso a lo suyo. El fin de semana había terminado, dejando buenas ganancias como de costumbre. Como estaba muy cansado para ir al banco, decidió guardar el dinero debajo del colchón. Más tarde iría, se dijo a sí mismo, mientras se acomodaba en la cama para dormir un buen rato y ponerse como nuevo. Estaba soñando con un diciembre cada vez más cercano, con lo bueno que se ponía el negocio para esa fecha, con el par de días que se tomaría para ir a visitar a la vieja… estaba pensando en la carretera, en la brisa fresca rumbo a la loma, cuando sintió que le cortaban el aire,  que le apretaban tan fuerte que ni siquiera dolía.

Nunca llegó a entender qué pasaba… nunca supo si fue cierto. Sentía de nuevo la brisa y el sol ardiente de la loma… quizá había dormido tanto que cuando despertó ya era diciembre.

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